Por Christian Frasquet Orgaz
Bosnia-Herzegovina sacó un triunfo de los que pesan. Empezó fría, desconectada y pagando caro un error atrás, pero terminó el partido mandando, corriendo más y siendo claramente mejor que Rumanía, que se vino abajo en cuanto se quedaron con uno menos. El 3-1 refleja exactamente lo que pasó: primera parte rumana, segunda parte completamente bosnia.
Rumanía golpeó primero con una transición rápida que Birligea definió con calma en el 17’. Bosnia tenía la posesión, sí, pero le faltaba profundidad y ritmo. Mucho toque, pocas ideas. Aun así, se notaba que si subían una marcha, les podían hacer daño.

Y pasó justo eso tras el descanso. En el 49’, Džeko hizo lo que lleva haciendo toda su carrera: aparecer cuando el equipo lo necesita. Su gol despertó al estadio y también a sus compañeros. A partir de ahí Bosnia fue otra. Más agresiva, más vertical, más convencida.
La jugada clave llegó en el 67’. Dragus entró, duró dos minutos y vio la roja directa. Ahí Rumanía se desmoronó. Bosnia olió sangre y fue a por el partido sin dudar. En el 80’, Bajraktarevic culminó la remontada con un disparo cruzado después de una muy buena jugada colectiva.
Con Rumanía ya fundida, el 3-1 de Tabakovic en el añadido solo confirmó lo que llevaba rato siendo evidente: había un equipo que quería ganar… y otro que solo esperaba el final. Bosnia acabó con 16 remates, 59% de posesión y cuatro grandes ocasiones, por solo tres de Rumanía.

Victoria justa, trabajada y muy seria de Bosnia, que supo castigar cada error. Rumanía, entre la expulsión y su bajón físico, se va con la sensación de haber dejado escapar un partido que tenía controlado durante 45 minutos.