A pesar de que han pasado ya varios días desde la disputa de la histórica (y vergonzosa) final de la Copa de África, las consecuencias de todo lo vivido la tarde del domingo todavía siguen coleando en el ambiente y distan mucho de haber terminado.
Múltiples quejas durante el torneo
Desde el inicio del torneo, del que era anfitriona la selección de Marruecos, no dejaron de producirse quejas sobre el trato de favor y los arbitrajes que recibía de la selección de Walid Regragui.
En el encuentro que disputaron los marroquíes ante la selección de Mali, un penalti no pitado en contra de Marruecos al final del encuentro disparó las primeras quejas sobre la actuación arbitral. Ante la selección de Tanzania, ya en octavos de final, los marroquíes se vieron beneficiados de un penalti no pitado en su contra en los minutos finales del partido, situación sobre la que el VAR no quiso pronunciarse ni dar respuesta.
Además, la propia selección de Marruecos presentaría una queja antes de su encuentro de cuartos de final ante Marruecos debido a la designación de dos árbitros argelinos para el VAR, alegando un posible conflicto de intereses por la rivalidad política y deportiva entre Marruecos y Argelia. De hecho, estas quejas de la Federación de fútbol de Marruecos propiciaron que la CAF sustituyera no sólo a los árbitros del VAR sino a todo el equipo arbitral, alimentando las sospechas sobre la capacidad de influencia que tenía la selección anfitriona.
Analistas y medios han señalado a esta edición de la Copa África como un «símbolo de la fragilidad institucional del fútbol africano pese a la inversión y ambición mostrada por Marruecos en su organización». Además, diversos análisis señalan que hubo deficiencias en la seguridad y una mala gestión en general de la organización del torneo, apuntando a que los anfitriones han buscado más poder utilizar la celebración de este torneo como escaparate para el Mundial de 2030.
La final de la vergüenza
De cara a la final, la polémica arrancaría con las quejas de la selección senegalesa por el alojamiento recibido, y que sólo se solucionó tras presentar una protesta formal (finalmente fueron alojados en hotel cinco estrellas acorde al estatus y la importancia de dicho encuentro). Además, la federación senegalesa presentó una queja formal contra la organización del torneo (es decir, contra la federación marroquí) por no garantizar su seguridad a la llegada de la expedición a Rabat.
Pero lo más grave ocurriría en el partido.

En los minutos finales, la selección de Senegal disponía de un córner a su favor que terminaría en gol. El equipo arbitral, decidía entonces, para sorpresa e indignación de los senegaleses, señalar una más que dudosa falta sobre el capitán marroquí. Esto desató las primeras protestas de los jugadores y cuerpo técnico.
Pero lo que terminaría desatando la indignación y el enfado de la selección de Senegal sería el discutible y riguroso penalti que el VAR decidía señalar sobre Brahim minutos después de haber anulado el gol a la selección senegalesa. Esta polémica decisión terminaría propiciando que el seleccionador senegalés, Pape Bona Thiaw, decidiera sacar del campo a sus jugadores. El único que permaneció sobre el terreno de juego, y que fue uno de los responsables de que el partido se pudiera reanudar fue el capitán senaglés, Sadio Mane.

Tras varios minutos de conversaciones y discusiones, el partido finalmente se reanudaría con el lanzamiento del penalti, algo que también ha generado numerosas teorías llegando incluso a hablarse de que pudo haber un pacto secreto para que Brahim fallara el lanzamiento a propósito a cambio de que Senegal aceptara reanudar el encuentro.
Pero habría todavía imágenes más bochornosas y vergonzosas que lo ocurrido con el penalti y la retirada de los jugadores senegaleses del terreno de juego. Y tendría todo que ver con el portero senegalés, Mendy, y con la toalla que éste usaba para secarse los guantes, y fue algo muy parecido a lo que le ocurrió al guardameta de Nigeria.
Resulta cuanto menos vergonzoso ver a recogepelotas de una federación de fútbol internacional que quiere organizar la final de algo tan importante como un campeonato del mundo, comportarse como vulgares cuatreros del oeste tratando de robarle la toalla a un portero con el único fin de que no pueda secarse los guantes y el balón se le pueda escurrir de las manos. Pero más vergonzosa es todavía la situación cuando se ve hasta a cuatro recogepelotas tratando de intimidar al portero suplente de Senegal, héroe de su compañero y guardián de la toalla, llegando incluso a arrastrarle por el suelo para tratar de quitarle la toalla.

Pero aún faltaría un ejemplo más de «matonismo» por parte del combinado marroquí. Y es que sería el delantero marroquí, Ismaël Saibari, quien iría a situarse como un vulgar gángster del Chicago de los años veinte, junto a la portería de Mendy para intimidar a Yehvann Diouf, algo que por suerte para el fútbol y el deporte no lograría. Cierto es, que al día siguiente el delantero se presentaría en el hotel de Senegal para disculparse, para el daño que estas acciones ocasionaron al deporte, ya estaba hecho.
Pero aún quedaban páginas por escribir. Y es que el capitán de la selección marroquí, que también tuvo ese gesto antideportivo de quitarle la toalla al guardameta rival, sería el encargado de recoger el premio al Fair Play que la CAF había concedido a Marruecos, algo que desató la incredulidad e indignación a partes iguales… Pero aquí no acababa la historia, pues todavía quedaba el feo y sucio gesto del boicot a la rueda de prensa posterior del seleccionador senegalés, cuando todos los periodistas marroquíes abandonaron la sala como «¿protesta?».
¿De verdad puede otorgarse un premio al Fair Play a una selección que ha demostrado una falta de valores y deportividad tan alarmante como los actos protagonizados por los jugadores y recogepelotas marroquíes?