Querido Simeone, es hora de hacer una autocrítica profunda y sincera.
Querida afición rojiblanca, es momento de empezar a exigirle algo más a vuestro entrenador.
Diego Pablo Simeone durante mucho tiempo ha sido mucho más que un entrenador para el Atletico de Madrid: ha sido el hombre que redefinió la autoestima del club, que lo convirtió en una fuerza estable de la élite europea y que le devolvió a los puestos de lucha por títulos, en España y en Europa.
Pero es justo por eso, porque su figura ha sido tan grande, su etapa también debe ser examinada con una exigencia máxima, al nivel del salario que lo convierte en el técnico mejor pagado del mundo. Y es ahí donde aparece la pregunta incómoda: con todo el dinero gastado en fichajes, con todo respaldo institucional y con el salario más alto del mundo, ¿le ha dado Simeone al Atlético un éxito deportivo acorde a esas cifras?
La discusión, en contra de lo que están pretendiendo en redes sociales los más fieles defensores del Cholo, no puede esconderse detrás del gasto neto. Ese argumento, repetido hasta la saciedad, sirve para explicar balances contables, pero no para evaluar un proyecto deportivo en su totalidad.
Porque un club puede vender bien, como ha hecho el Atlético de Madrid (en ocasiones) y aun así gastar muchísimo dinero en fichajes, salarios, comisiones y renovaciones. Y si un entrenador ha tenido a su disposición durante más de una década una inversión tan elevada, el juicio no debe limitarse únicamente a decir que “el gasto neto en fichajes está muy alejado de los grandes equipos”.
Por eso, es momento de empezar a hacer autocrítica desde lo más profundo y de la forma más sincera posible.

¿Y por qué no debemos quedarnos sólo con el «gasto neto»? Muy sencillo: porque un equipo puede saber vender a sus jugadores por valores elevados, como actualmente ocurre con los equipos de la Premier que inflan el valor de sus jugadores muy por encima del mercado. Esto puede llevar a resultados finales engañosos.
El criterio serio, el que permite analizar con imparcialidad la dura realidad de los rojiblancos, es otro: cuánto dinero ha movido el club, qué plantilla ha construido (donde el Cholo ha sido responsable de muchos de los fichajes), cuánto ha costado sostenerla y, sobre todo, qué títulos ha generado todo ese esfuerzo.
Ese es el centro del debate.
Desde su llegada, el Atlético ha hecho una inversión gigantesca en el mercado. Repito: Más de mil millones de euros. No hablamos solamente de una etapa de austeridad como pudieron ser los primeros 4-5 años, sino de un proyecto que ha pasado por fichajes muy caros (Julián Álvarez, Joao Felix, Lemar…), salarios altos y continuas reconstrucciones de plantilla.
A eso se suma un dato que pesa en cualquier evaluación de élite: Simeone se ha convertido año a año en el técnico mejor pagado del mundo, por delante de los Conte, Guardiola, Ancelotti, Arteta, Mourinho, Flick…
Cuando un entrenador ocupa ese nivel salarial, no se le puede juzgar como a un técnico de transición o a un gestor de recursos limitados. Se le mide por resultados de máxima exigencia.
Y los resultados, en relación con esa inversión, dejan una sensación insuficiente. El Atlético ha competido, sí (pero con matices). Ha sido competitivo… en determinados momentos. Ha alcanzado cotas muy respetables en Liga, ha disputado fases importantes en Europa (en Champions y Europa League) y ha mantenido una presencia constante entre los grandes. Eso es algo que no se puede negar, pero sería quedarse con los datos fríos.

Pero si se compara el volumen de inversión total, que no neta, con el peso real de los títulos obtenidos y con la evolución del equipo en los grandes escenarios, el balance deja dudas. Un proyecto que gasta tanto no puede conformarse con sobrevivir en la élite; debe aspirar a ser parte de ella. Y el Atlético de Simeone, en demasiadas fases, ha parecido más un equipo que resiste que un equipo que impone.
Ahí está la gran grieta de su ciclo: el tiempo. Lo que en una primera etapa fue una revolución competitiva, después se convirtió en una estructura cada vez más reconocible y, por momentos, rígida. Simeone construyó un equipo feroz, disciplinado y mentalmente fuerte. Eso no está en discusión. Pero el fútbol de élite no premia solo la resistencia ni el orden; premia la capacidad de evolucionar.
Y cuando un proyecto prolongado dispone de más dinero, mejores futbolistas y más estabilidad que nunca, la falta de un salto decisivo empieza a hablar menos de las limitaciones del club y más de las del propio modelo.
Por eso, el argumento del gasto neto no basta. Un club no se mide únicamente por lo que vende, sino por lo que invierte y por cómo transforma esa inversión en superioridad real. Si el Atlético ha movido cantidades enormes en fichajes, ha pagado salarios de primera línea mundial y ha sostenido a su técnico durante años sin una recompensa proporcional en títulos grandes, es legítimo concluir que el proyecto no ha rendido al nivel esperado.
No hace falta negar lo que Simeone construyó para admitir que su ciclo, en términos de rendimiento frente a los recursos disponibles, ha llegado a su fin hace tiempo.
La crítica, en este caso, no debería formularse con insultos ni con simplificaciones. No hace falta decir que Simeone no sirvió nunca. De hecho, sus primeros 5 años fueron los mejores tanto en resultados como en saber sacar rendimiento a plantillas limitadas.

Pero sí puede decirse algo más preciso y más serio: que su etapa tiene un mérito histórico enorme, pero también un techo evidente; que el Atlético ha invertido demasiado para conformarse con tan poco; y que, a estas alturas, la pregunta no es si Simeone fue importante, sino si sigue siendo la figura adecuada para llevar el club al siguiente nivel, algo que a tenor de los últimos resultado está generando más dudas y respuestas negativas que afirmativas.
Porque el fútbol, al final, no solo se juzga por la épica de lo construido y los títulos conseguidos (que sería lo más fácil), sino por la capacidad de renovar la ambición cuando ya no basta con resistir. Y ahí, para muchos, el Atlético de Simeone lleva demasiado tiempo dando la misma respuesta.