Federer cortó la racha de 81 victorias de Rafa Nadal en tierra batida

La tarde del 20 de mayo de 2007, en el Masters 1000 de Hamburgo, quedó grabada como uno de los momentos más importantes de la historia del tenis. Roger Federer consiguió algo que parecía casi imposible. Derrotó a Rafa Nadal en tierra batida, poniendo fin a una racha legendaria de 81 victorias consecutivas sobre esa misma superficie. Sería la penúltima final de Hamburgo como Masters 1000, ya que en 2009 se disputaría como nuevo ATP 500.

En 2007 Federer era el número uno del mundo y dominaba el circuito. Sin embargo, había un territorio donde no mandaba él: la tierra batida. Allí reinaba Rafa Nadal. El de Manacor llevaba más de dos años sin perder un solo partido sobre arcilla y había construido una sensación de invencibilidad absoluta. Cada torneo en tierra parecía destinado a ser ganado por él, especialmente Roland Garros, donde ya era considerado prácticamente imbatible. Por aquel entonces comenzó a forjar su apodo «El Rey de la tierra batida.»

Ese partido fue en su momento el úndecimo enfrentamiento entre ambos, con un head to head de 7-4 para Nadal. La racha de Rafa había comenzado en abril de 2005. El último partido que había perdido en esa superficie fue contra Igor Andreev en Valencia por 7-5 y 6-2. A partir de ahí, 81 victorias de manera consecutiva hasta llegar a la final de 2007 contra el suizo. El mallorquín venía además de conquistar de manera consecutiva Indian Wells (pista dura), Montecarlo, Barcelona y Roma. Estaba a un partido de conseguir la gira de tierra batida perfecta antes de llegar al gran torneo, Roland Garros.

Federer, pese a ser el mejor jugador del mundo, sufría especialmente contra él en arcilla. Nadal le había ganado finales importantes y parecía tener una ventaja táctica y psicológica clara. Nadal llegó tras una semifinal durísima contra Lleyton Hewitt, mientras Federer apareció mucho más fresco físicamente a pesar de haber tenido unas semis también duras frente a Carlos Moyá, y con un planteamiento diferente al habitual.

El partido comenzó exactamente como podíamos imaginar. Nadal dominando. El español ganó el primer set por 6-2 y parecía encaminado a otra victoria más. Su derecha cruzada al revés de Federer volvía a hacer daño y el ritmo de los puntos favorecía claramente al mallorquín. Pero entonces el encuentro cambió por completo. Roger Federer empezó a jugar uno de los mejores tenis de su carrera sobre tierra batida. Decidió atacar antes, entrar dentro de la pista y tomar la pelota mucho más rápido para evitar que Nadal pudiera dominar con el efecto y la altura de sus golpes. Empezó a variar más, a subir a la red con inteligencia y a acelerar especialmente con la derecha paralela.

A medida que avanzaba el segundo set, Nadal comenzó a verse más incómodo y físicamente más castigado. Federer igualó el partido con un 6-2 contundente y la sensación en la pista cambió completamente. Por primera vez en mucho tiempo, Nadal parecía vulnerable en tierra batida. Entonces llegó el tercer set. Federer jugó de forma prácticamente perfecta y Nadal no encontró respuestas. El suizo ganó seis juegos consecutivos y cerró el partido con un 6-0 que sorprendió al mundo del tenis.

La historia no terminó ahí. Apenas unas semanas después, ambos volvieron a enfrentarse en la final de Roland Garros. Y allí Rafa Nadal recuperó el control, derrotó nuevamente a Federer y levantó otro título en París. Al año siguiente, última final de Hamburgo como Masters 1000, se volvieron a enfrentar Nadal y Federer, esta vez con victoria para el español por 7-5, 6-7, 6-3. Con el paso de los años, aquella final de Hamburgo se convirtió en un partido mítico. No solo por el final de la racha de 81 victorias, sino porque representa uno de los puntos más altos de la rivalidad Federer-Nadal y de toda la era dorada del tenis.

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